Hace un buen tiempo atrás nos prometieron que nuestra vida cambiaría para mejor. Un sistema de transporte público completamente novedoso y eficiente mejoraría notoriamente la calidad de vida de todo santiaguino.

A casi tres años del inicio del “maravilloso” Transantiago me hago una pregunta: ¿Conseguimos todo lo que se nos prometió?

Claramente los primeros meses fueron duros, el sistema no funcionaba y el caos colectivo se hizo sentir. Durante meses, incluso años, la gente se manifestó para ver mejoras en el Transantiago. ¿Y qué fue lo que sucedió? Paulatinamente la gente fue dejando de protestar. Lentamente, sin darnos cuenta, nos fuimos acostumbrando a un sistema de transportes igual o peor al que teníamos.

 

Miles de millones de dólares se han, literalmente, botado a la basura para tapar lo que debió ser un avance significativo para acercarnos un poco más al desarrollo. Lamentablemente (y lo entiendo perfectamente) la gente dejó de protestar, pero ¿por qué?, ¿se solucionaron los problemas? Quizás en cierta medida, pero en ningún caso hemos rozado un poco lo que se nos prometió. Incluso, me atrevería a decir, perdimos una de las principales bondades de Santiago: el metro.

 

Mi intención jamás sería quedarnos en el pasado, pero cuántos son los que recuerdan lo agradable que era viajar en metro tres años atrás. Para muchos el tema del Transantiago puede ser algo superado, pero yo no me atrevería a decir eso. A mí me da la impresión que el Transantiago es un tema olvidado, es un defecto de nuestra sociedad al que ya nos habituamos. Desde pequeños nos enseñan que el ser humano se distingue del resto de los seres vivientes en este planeta por su capacidad de razonar, por tener una memoria única.

 

¿Cuántos miles de millones que se pudieron haber invertido en salud o educación fueron despilfarrados en “arreglar” el Transantiago? Si a cualquiera de nosotros nos dijeran que nos van a regalar un Plasma de última generación y, efectivamente lo recibimos, pero éste transmite imágenes sólo en blanco y negro, ¿quedaríamos conformes? Por ningún motivo. Exigiríamos que se nos dé lo que se nos prometió o recuperar lo que teníamos.

 

El próximo mes de febrero se cumplen 3 años desde la implementación del Transantiago, por eso, les hago una pregunta ¿estamos viendo en blanco y negro o en colores?

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Tiempo de decisiones políticas... ¿Y el deporte? Jamás ha sido propiedad dentro de las temáticas gubernamentales chilenas, aún no sé cómo ni cuándo el actual Gobierno decidió cambiar gran parte de los estadios de fútbol del país.

Salvo esto, situaciones como la de las federaciones de gimnasia o natación (por sólo mencionar algunas), no se augura un proyecto concreto a corto plazo.

Por ello, los invito a leer la columna de Carlos Burgos, preparador físico de Fernando González, quien propone un análisis al respecto de cara a la próxima elección presidencial.

http://blog.latercera.com/blog/cburgos/entry/polí;ticas_públicas_deportivas_los_desafíos

 

Adjunto el video del "Salto González", creación propia del gimnasta nacional Tomás González, que de ejecutarlo correctamente en los próximos J.J.O.O. de Londres, pondrá el nombre de la gimnasia chilena, tal vez, en lo más alto del orbe ¡Increíble!

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Parece ser de buen tono criticarlo todo. En una reunión de matrimonios de la cual participé hace unas semanas se descueró a todos los presidenciables. No quedó nada rescatable. Sumo a esta sensación de fatalidad absoluta a la que estamos condenados la lectura y audición de comentarios de una floja ironía – nada muy inteligente de todas maneras – que lleva a pensar que estamos en una calamidad de proporciones. Nos van a gobernar delincuentes. Y nadie hace nada para atajarlo.
Hay quienes les niegan la sal y el agua a cuanto político abre la boca. Como no quiero ser menos, me sumo a esta campaña fácil y reconozco que comparto algunas de las críticas que han salpicado la prensa pero estoy lejos de compartir el cuestionamiento constante, el cultivo de aires de sospecha, el desdén displicente el que gustan algunos.
Se ha enquistado perversamente eso del “mal menor” (leí por ahí un termino desdeñoso algo así como “malminoristas” ¿qué es eso?). Parece que votar se ha transformado en un pecado, al menos leve. Ya ni me atrevo a decir que cumpliré con este deber cívico.
Es fácil despotricar y ver siempre lo negativo en todo, sobre todo desde la serena comodidad de un sistema que se ha levantado no gracias a esas críticas sino a pesar de ellas. Si tenemos democracia, un sistema más o menos honesto, instituciones que más o menos funcionan – y sume veinte mil “más o menos” más – no es gracias a ese perfil de críticas sino a pesar de ellas.
Lamento sin duda la permisividad torpe y majadera en temas como integración legal de las parejas homosexuales y el asunto de las parejas de hecho, con la consecuente debilidad de la familia. Llevar al plano general los casos de excepción es un error, es atender a lo parcial y no lo global. Es olvidar lo que vive día a día la inmensa mayoría de los chilenos. Se comprende, al final del día, que la gente sienta a la política y a los que viven de ella cada vez más lejos. En ese sentido, las palabras de monseñor Goic invitando a ampliar el espectro de preocupaciones, dan en el clavo.
Pero hay que recordar aquí que los así llamados “temas valoricos” no se restringen a lo que sucede “de la cintura para abajo”. La moral cristiana al menos, abarca infinidad de temas tales como la justicia, la pobreza, la solidaridad, la educación, el respeto al otro, a los más débiles, etc. Reducir la preocupación a algunos temas es inquietud de una minoría absoluta y dejar de lado lo que preocupa a una inmensa mayoría, tales como educación, salud, delincuencia, trabajo y cientos de otros.
Estoy consciente de las falencias de nuestra democracia y de las debilidades de los presidenciables. Pero a punta de pura crítica solo horadamos lo que con esfuerzo hemos construido y desincentivamos la participación ciudadana, especialmente de los jóvenes.

P.Hugo Tagle
htaglem@uc.cl

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El analista y columnista Patricio Navia ha declarado que se cambió de bando y en esta segunda vuelta votará por el abanderado de la Derecha. Esto ha causado gran revuelo, por tratarse de una persona pública, pero no cabe duda de que esta situación debe serle familiar a muchos votantes anónimos. ¿Traición u opción válida?

Primero, creo que denostar a una persona por algo tan normal como cambiar de opinión pertenece a la forma más penosa de hacer política, propia de ese Chile que tiene instalado el pensamiento Izquierdo-derechista. Segundo, me parece ridículo que una persona deba votar por un candidato solo “para ser consecuente”. Esa expresión que es tan mal utilizada: Ser consecuente no es un valor en si mismo (si un ladrón ha robado toda su vida, entonces, al rechazar un trabajo honrado, estaría siendo consecuente. Los “tintes valóricos” de la palabra parecen borrarse en este caso). Si creo que el candidato de la coalición en la que confío (o confiaba) no está respondiendo a mis expectativas, y el otro sí, entonces ¿Cómo va a ser racional no cambiar de opción?. ¿Cómo va a ser correcto votar por alguien solo para no “traicionar” los colores políticos (para ser “consecuente”)?.

Las nuevas generaciones, por suerte, están eliminando esa práctica de votar por partidos y no por personas, por lo que no ven como un “crimen” el cambiarse de candidato. Ya no se justifica. Antiguamente, era aceptable pensar de esta manera tan radical, cuando las posiciones eran igualmente radicales: “Dictadura o Democracia”; ahí el cambio de bando podía mirarse con extrañeza. Actualmente, los candidatos son muy parecidos, no existen diferencias TAN notorias como las de hace treinta años. Incluso, los derechistas más acérrimos critican a Piñera por considerarlo muy de centro; lo mismo ocurre con los izquierdistas a la hora de calificar a Eduardo Frei. Saltar de la centro-izquierda a la centro-derecha, entonces, no parece ser un pecado mortal, no podemos crucificar a Patricio Navia por este “pequeño” cambio. (Esto no es equivalente a “da lo mismo quién gobierne”, por si acaso).

Por último, creo que limitarnos a votar por el candidato X porque es de tal o cual partido le hace un daño terrible a la Democracia y a nuestra capacidad intelectual. Esta es LA instancia de participación ciudadana y no podemos desaprovecharla de esta manera. La idea no es ir saltando de candidato en candidato, sino que debemos comparar propuestas y no tanto coaliciones. Digo “no tanto” porque no deja de ser importante conocer a las personas que respaldan a los candidatos, esto es una buena pista para encaminar el voto, pero no puede ser todo.

Entonces, ¿Traición u opción válida? Claramente es lo segundo. De hecho, creo que estamos traicionando a nuestra propia inteligencia al votar por un candidato porque pertenece a un partido particular, sabiendo que no nos representa o que no está a la altura de lo que esperamos de un aspirante a la presidencia. Confiemos en que el caso de este cientista político sentará un precedente para que no se escuchen nunca más frases del tipo: “Me gusta Frei, pero es Socialista” o “Me identifico con Piñera, pero es de Derecha”. A los partidos les conviene que pensemos así, se ahorran gastos en imagen, discursos, propuestas, etc. No les facilitemos tanto la tarea.

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Las últimas elecciones chilenas dan para pensar: Arrate, 6,21%, Enriquez-Ominami, 20,13%,  Frei, 29,6%, Piñera, 44,05%.

Lo relevante de estos resultados es el gran porcentaje de votos obtenidos por los candidatos alternativos a la política tradicional (26,34%). Frei y Piñera, los dos candidatos que van a segunda vuelta, tienen gran interés por atraer este electorado. Sin embargo, ME-O manifiesta explícitamente que no le "entregará" sus votos a ninguno y les da "libre opción" a las personas.

Desde hace un tiempo que los ciudadanos chilenos se encuentran descontentos con la Concertación, por lo que muchos creyeron en candidatos alternativos. Si bien para otros no fue una opción, es importante considerar lo que se está produciendo en la política chilena.

En estos últimos años, la Concertación ha sido similar a un matrimonio que está  junto por la fuerza de la inercia, la costumbre, la comodidad, el status. Frei es un representante del statu quo, votar por él es continuar con lo mismo, con una Concertación desgastada que ya cumplió el objetivo para el cual fue creada: realizar la transición desde la dictadura a la democracia.  Sus grupos políticos, actualmente, están vinculados por temas circunstanciales más que sustanciales, lo que, a veces, hace perder la perspectiva.

Piñera promete un "cambio", pero siempre se ha sabido que la derecha chilena busca mantener igual a las instituciones, los valores y las estructuras. El “cambio” se refiere principalmente a la forma de gestión del estado, no a modificaciones fundamentales de nuestra sociedad. 

En general, la costumbre ha sido votar entre dos candidatos. Para algunos lo óptimo sería que se fueran rotando, lo que se ha llamado "alternancia". Esta idea se ha instalado culturalmente y proviene de una lógica establecida por el sistema binominal, que no permite pensar en otras alternativas.

El porcentaje de voto de los candidatos alternativos, especialmente de ME-O, es una señal, una fuerza, una voz. La situación actual estremece, inquieta. El pensamiento de algunos es: "hasta ahora "gana" Piñera. Si no nos ponemos en campaña para votar por Frei es posible que así sea". De hecho ha surgido un grupo llamado TCP (Todos Contra Piñera). Aquí nos encontramos: en votar por alguien sólo para que no salga el otro.

La política de estos últimos años se ubica en un contexto de ruido. Los medios de comunicación, la farándula, el estilo de las campañas publicitarias, la imagen, hacen perder el motivo de fondo, la esencia de “lo político”. La necesidad de ganar, la amenaza del otro, la contingencia, lo cotidiano va produciendo desgaste, estrechez de mente y de espacio. Se van involucrando en una rueda interminable que no ayuda a mirar con perspectiva, desde afuera, sino que se pierden en temas menores, discutiendo pequeñeces. Por otro lado, la conversación de los ciudadanos está más enfocada en ser espectadores de una competencia que en conocer las ideas fundamentales, discutir sobre éstas y construir nuevos conceptos.   

Existe la  historia de un profesor que llega a la sala, se sienta y se queda callado. Los alumnos lo miran, esperando algo, pero no dice nada. Después de un largo rato de silencio se empiezan a mover, surgen risas nerviosas que contagian, hablan entre ellos, se producen diversas reacciones frente a la situación. Por fin alguien dice algo y surge el diálogo, la interacción, la pregunta. En psicoterapia, muchos pacientes aluden a la incomodidad del silencio, sin embargo gracias a éste se logra instalar un espacio que ayuda a encontrar nuevas cosas. El paciente desarrolla su discurso, crea asociaciones, llega a temas escondidos, olvidados, que nunca había tratado.

El silencio, los espacios de reflexión, ayudan a encontrar, a crear.

En la política actual el silencio podría ayudar a detenernos. A pensar cómo queremos Chile y el mundo, a formar grupos y conversar tranquilamente, para que las palabras nos lleven a encontrar nuevos horizontes. Es necesario eliminar el ruido, quedarse quieto, permitir que aparezcan aquellas fuerzas que están tomando forma, pero que aún no se constituyen. Confiar en que el 26,34% de ciudadanos tiene cosas nuevas que decir y hacer, solo hay que dar el espacio para que puedan ser.   

 Negarse a apoyar a la Concertación, NO significa apoyar a Piñera. Si bien para la derecha es una ganancia cuantitativa que implicaría tener un gobierno durante cuatro años, el hecho de que se acompañe de un 26,34% de disconformidad NO es una victoria, es lo que hay. Son residuos de una forma de gobernar que está desapareciendo.

No hay que temer, solo esperar.  

Es un deber generacional y ciudadano terminar con la inercia, con la vejez de la política que no necesariamente la dan los años, sino el rodaje, la estrechez de pensamiento. Tomar estos cuatro años como una especie de retiro, de tranquilidad, de búsqueda. Salir un rato de la vorágine que produce el mundo moderno, podría hacer del silencio un gran aliado.

 

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