Luego de las elecciones de este domingo pasado – más allá de los resultados electorales, tanto de presidentes como de parlamentarios –, no puedo dejar pasar de lado uno de los resultados sorpresivos para la comunidad nacional; la sentida pérdida en el distrito 21 del Presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Álvarez, versus la joven e inexperta Marcela Sabat.

En primer lugar, adhiero al mar de lamentaciones relativo a la derrota de Álvarez. He sido testigo presencial de la preparación intelectual que tiene y de su sentido no confrontacional de hacer política, como también he tenido el gusto de conocerlo. Personas como él, más allá de todo color político, hacen bien al país, puesto que su objetivo no es el mezquino dividendo político a través de la polarización (que lamentablemente han inoculado artificialmente en el país), sino que hace relucir una cualidad que podemos aspirar todos los componentes de nuestra sociedad: la capacidad de perseverar, de hacer bien las cosas y de comprometerse realmente con nuestro país.

Respecto a la diputada electa, percibo una insuficiencia argumentativa cuando se le ataca por su falta de capacidad o de habilidad política. Mal que mal, cumple los requisitos que nuestra Constitución dispone para optar a un cargo público como diputada, y si estableciéramos criterios – únicamente – curriculares en la elección parlamentaria, nuestra sociedad sería institucionalmente desigual respecto de quienes pudieron ser profesionales y los que no lo fueron, ya sea por una pésima educación, por falta de oportunidades, o bien por la falta de recursos (confunden meritocracia con aristocracia y plutocracia). No obstante, no por el hecho de que lo autorice nuestra norma constitucional queda satisfecho el argumento en favor de Marcela Sabat; y aquí me permito evidenciar lo reprochable de su candidatura – sin caer en la falacia de no tener currículo académico – con interrogantes que, aparentemente, se podrían aplicar por analogía al caso en cuestión: 

- ¿Quién imaginaría que un electricista polaco lideraría un movimiento que significó la retirada de la URSS de su país? 

- ¿Alguien se atrevería a pensar que un actor de cine se convertiría en el Presidente mejor evaluado de los EEUU? 

Pues es evidente, a pesar del prejuicio cognitivo atribuible a estas personas respecto a su “supesta” falta de capacidad, siempre existió un motivo político que subyace por sus circunstancias de vida. Lech Walesa, en el primer caso, permaneció firme en los astilleros de Gdansk, esperanzado en que los sindicatos (considerados ilegales en esa época) volvieran a ser libres en la Polonia soviética, creando el movimiento “Solidaridad”. Nadie pensó que su causa, como también la de millones de polacos, concluiría en la apertura hacia una sociedad libre y democrática. 

Al igual que Walesa, Ronald Reagan – el segundo caso – tiene su motivo en el sindicalismo, llegando a ser presidente de la SAG (Screen Actors Guild); pero Reagan fue más que un mediocre actor de cine con poder, fue una súbita expresión (y necesidad) de esperanza, valor, felicidad y, principalmente, de libertad en su país. Fue, sin dudas, un líder que le devolvió a su pueblo la dignidad de ser y sentirse estadounidenses, después de las nefastas incursiones de la administración Carter, tanto económicas como en política exterior (hay que recordar las concesiones de Jimmy Carter en Helsinski para la expansión soviética en Europa y la crisis de los rehenes en Irán).

Pues bien, a diferencia de Walesa o de Reagan, Marcela Sabat carece de un espíritu que antecede a su existencia política, aquello que los leguleyos describirían como una falta de “causa eficiente”. Sabat fue producto de una deliberada tesis de reemplazo, propuesta por las cúpulas de RN en dicho distrito (Ñuñoa-Providencia) para acallar los sables de algunos dirigentes de la UDI que veían con “malos ojos” un choque entre Rodrigo Álvarez (UDI) y Nicolás Monckeberg (RN). Ella jamás tuvo dominio de los hechos, ergo nada es de ella.

Lamentablemente, para quienes no votamos en el distrito 21, la óptica requerida para ver la política queda difusa y bastante opaca. El sentido común nos motiva a pensar – y aun previa filtración racional – que estamos frente a un caso de nepotismo puro y duro, dónde el poder resolutivo respecto a esta cuestión no radicó en un consejo distrital ni otro organismo colegiado, sino que recayó en una persona que cree que los atributos políticos son transmisibles o heredables. Pésimo afán para nuestra vilipendiada democracia.

De todas formas, no quisiera ser lapidario respecto a la diputada electa, Marcela Sabat. Espero, sinceramente, que la vida política transforme esa inexperiencia (que parece, a veces, incompetencia) en una verdadera vocación orientada al servicio público para permitir la búsqueda de las personas de su propia felicidad, con plena libertad.

Sabemos que la rutina parlamentaria se desenvuelve en un campo de Marte y, lo más probable, que la diputada tenga cabida en las trincheras políticas de su bancada (casi como en una trinchera en Somme); empero, sabemos cuales son los efectos que engendra esta batalla en las personas – como en toda guerra –: algunos se vuelven audaces, otros díscolos, unos cobardes, algunos corruptos, pero muy pocos se vuelven nobles y dignos de respeto entre sus pares y de la comunidad nacional (como el diputado Álvarez, por ejemplo). De Ud. depende, Srta. Sabat, encontrar la nobleza y respeto en atención a su dignidad; merézcala respecto de sus electores.

En todo caso, claro está, su “causa eficiente” nace el 13 de diciembre de 2009, nunca antes.

 

P.D. Ojo, la UDI tiene una enorme responsabilidad respecto a lo de Álvarez.  

P: - “Si eres el mejor evaluado dentro de la cámara, ¿cuál es el incentivo?”  

R: - “Tirar a partir, sin gran respaldo, al distrito 21.”

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Lo de Marco Enríquez-Ominami, sin dudas, es un fenómeno que trasciende, inclusive, a la temporalidad política de su figura. Pues, claro está, las candidaturas sobrevivientes de la primera vuelta han hecho suya su exhortación inicial: “¡a renovar la política!”

Si bien esa sentencia infunde un profundo optimismo y vitalidad para nuestra sociedad, pareciera que dicha iniciativa de renovación tiende a ser, generalmente, vacía, incompleta y poco esencial. Mientras existan liderazgos cuyas consignas sean vetustas como el acorazado Potenkim, esta efervescencia juvenil poco y nada va a impactar en las cúpulas políticas… Y suena triste.

En todo caso, nadie puede dudar de que las cosas estén cambiando, porque la política – como la veíamos ayer – hoy dejó de ser la misma; es cosa de ver que ella no transita en un solo eje (derecha vs. Izquierda), sino que nos permitimos apreciarla, al menos, en dos líneas: en lo moral (“conservador” o “liberal”) y en lo económico (“liberal” o “estatista”). Los matices son más claros ahora.

Pero, insisto, ¿qué pasó con los nuevos liderazgos?

Bob Dylan, cuando era una joven promesa del folk estadounidense, decía en “The times they are a-changin’”: “Vengan nuestros padres y madres alrededor de la tierra, y no critiquen lo que no pueden entender; sus hijos e hijas están sobre su mando. Rápidamente su viejo camino se está envejeciendo; por favor, aléjense del nuevo si no pueden dar una mano, porque los tiempos están cambiando.” ¡Que oportunas son estas palabras!

Los tiempos no son los mismos: aquellos quienes creían que el poder nacía del fusil – como decía Mao Tse Tung –, legitiman la democracia liberal para salvar diferencias; quienes pensaban que el Estado era la única solución de todos los problemas, ahora destacan el importante rol que tiene el mercado en el desarrollo de una nación (es cosa de leer a Mauricio Rojas, por ejemplo); los que creían que confiscando bienes se lograba igualitarismo, ahora piensan que el acceso a la propiedad es el motor principal para la igualdad de oportunidades. Y esto no ocurre por una obstinada determinación de un dogma para convertir al errante romántico, solamente se da espontáneamente.

Ahora es importante, eso si, que las nuevas generaciones de políticos – quienes deban permitir el relevo de la estafeta del poder – no tomen con pronunciada literalidad las premisas de Dylan, ya que pueden ir en su contra. Si concebimos que las decisiones de los órdenes sociales sean plenamente espontáneas, no tendría sentido ir contra las determinaciones que anteceden a esta generación; sería volcar la voluntad histórica de la nación por la arrogancia de una oligarquía que subestima las aptitudes y capacidades de sus representados. La futuridad supone, necesariamente, la aceptación del pasado para avanzar en el presente.

Esta percepción de futuridad es la que contrasta las ideas de esta elección; algunos creen que negando la composición político-económica se puede avanzar al futuro, que confiscando derechos y libertades hacen una sociedad más igualitaria. Sabemos que nada de eso es cierto, que las sociedades prósperas son aquellas que creen en las posibilidades de las personas de surgir y de hacerse a si mismas – no subestimándolas –, que accediendo a la propiedad privada logran satisfacer sus necesidades materiales y que el Estado, como “ultima ratio”, tiene un rol posibilitante en función de quienes carecen de medios para lograr su libertad y bienestar material. Como diría Burke, “el pueblo no renuncia a su libertad sino bajo el engaño de una ilusión.”

La democracia, como forma de gobierno, se entiende como una expresión (no absoluta) de la libertad, la cual merece ser corregida en nuestro sistema institucional; no por extensión, sino por calidad (quienes creen – con profunda jactancia – que son los acreedores de “fuerzas progresistas y democráticas”, no saben la fatal contradicción que cometen por el hecho de incluir al PC; tienen plena conciencia que el comunismo, en esencia, es antidemocrático – la dialéctica marxista es vidente en torno al termino del orden social liberal –, pero saben que no pueden dejar pasar la posibilidad de traspasar la votación del liberticida de turno a su candidato).

Pero, ¿por qué calidad en la democracia?

Porque merecemos una generación de servidores públicos competentes, que concurran al proceso eleccionario con modestia, sin soberbias. Que quienes sean mandatados en este acto soberano sean únicamente los vencedores, no que acudan con los vencidos, y que – finalmente – las personas, voluntariamente, decidan sobre los designios de nuestro hermoso país. Las fuerzas políticas tendrán la premura, como ocurre en las naciones desarrolladas, de batallar por los votos de sus electores, y no al revés.

Todo cambia en esta existencia, cambia a tal punto que a esa misma generación de los ’60, la que Dylan convocaba a desplegarse contra lo establecido, se ha vuelto lo establecido. Han construido un “pensamiento único”, ese del cuál describía Sarkozy en su discurso en Bercy como “(…) el pensamiento de quienes lo saben todo, de quienes se creen no sólo intelectualmente sino también moralmente por encima de los demás (…)”; y prosigue: “(…) ese pensamiento único había denegado a la política la capacidad para expresar una voluntad.” Ese mismo pensamiento – tal como un gusano cerebral – desplazó el imperio de la razón humana a una determinación constructivista de élites, dónde el mero capricho se tornó en un imperativo normativo.

Justo en estos tiempos, dónde hay una búsqueda por generar el miedo, de que nos hacen creer que la historia opera por retrocesión, es necesario permitir una mirada de Chile hacia el futuro. Portales – quién no era precisamente un campeón de la libertad – presagiaba, con una admirable lucidez, el futuro de nuestro país; decía, en una de las cartas dirigidas a José Manuel Cea, que “(…) cuando (las personas) se hayan moralizado, venga el Gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos.” Ya no hay necesidad de moralizar a nuestros ciudadanos si creemos en una sociedad cuya libertad ejercita responsablemente.

La tarea es clara, las nuevas generaciones de políticos tienen el siguiente desafío: avanzar sin desconocer la identidad de nuestra sociedad, entender que la política consiste – en esencia – en la limitación de los poderes estatales y permitir a todos los integrantes de nuestra comunidad la búsqueda de su propia felicidad, con igualdad de oportunidades. Su terreno será fértil cuando se manifiesten con optimismo, razón y libertad, porque habrán advertido oportunamente (y espontáneamente) que los tiempos están y estarán cambiando.

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Debo manifestar una cierta molestia por la actitud pasiva e, inclusive, insensible que ha tenido la Coalición por el Cambio – sector al cual adhiero – respecto a la situación de la periodista y bloggera cubana, Yoani Sánchez, y su venida a Chile con motivo del “V Congreso Internacional de la Lengua Española”.

Como es de público conocimiento, Yoani Sánchez, en atención de su calidad de opositora del régimen totalitario cubano, se encuentra privada de acceder a servicios como internet y es una víctima constante del acoso gubernamental por parte de los órganos de inteligencia. De acuerdo a la edición de Santiago de ayer de “El Mercurio”, la periodista confiaba que Michelle Bachellet y el Rey Juan Carlos de España intercedieran por ella para que las autoridades cubanas autoricen su venida al país –  aunque, sin embargo, afirmaba tener pocas esperanzas de que le otorguen dicha autorización –.

Es de esperar que la coalición próxima a gobernar tenga un interés permanente sobre materias concernientes a los derechos fundamentales en toda la región (y especialmente en Cuba) – desmantelando el engañoso “monopolio moral” que la izquierda ha pretendido establecer en estas materias – y que se refiera activa y expresamente sobre la situación de la aludida periodista.

Lamentablemente, en estos momentos me entero sobre la muerte de Orlando Zapata Tamayo, preso político condenado a 36 años de prisión por disentir del totalitarismo de los hermanos Castro, luego de pasar cerca de 86 días en huelga de hambre.

Estas situaciones son inaceptables si creemos en un orden social liberal.

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