Para qué mentir, no tenía ni unas ganas de escribir sobre la eventual venta del Diario La Nación y es que hace un rato ya que renuncié a promover las ideas impulsadas por una prosapia de héroes, porfiados todos, que insisten en abarrotar de doctrinas extintas todo lo que tocan (o anhelan tocar) como convencidos de que con ello la magia ideológica que influenció a la política chilena hasta fines de la década del 80 siguiera vigente.

Mientras un sector sigue propagando la idea de que el Estado no tiene necesidad de mantener un diario propio y más encima al enajenarlo se podrían recolectar unos pesos adicionales para los planes de reconstrucción, otros los siguen de cerca impulsando la imagen de que La Nación podría perfectamente transformarse en el símil de Televisión Nacional a fin de evitar las tentaciones panfleteras (de hostigamiento) de un sector, trayendo equilibrio a la industria. ¿Porqué la izquierda no lo hizo cuando pudo?. Ni idea, quizás porque jamás pensaron en perder. Pero ese es otro tema.

Debo confesar que en un principio era de los que promovía la segunda opción. Es decir, me parecía entretenida la oportunidad de transformar a La Nación en un diario de contenido, de interminables reportajes e investigaciones. Un diario de opinión, político, constitucionalista, republicano. Fome si se quiere, pero no por ello menos fascinante. Eso, hasta que obligué a un hombre, al cual respeto y admiro hace muchos años, a comentar sobre el asunto. Y es que me interesaba muchísimo saber la opinión de alguien que, fiel heredero de la mejor porfía italiana, sabe como pocos lo que es sacar adelante un sueño.

Tomás Mosciatti es periodista, aunque él lo niegue argumentando que no tiene el título. Es abogado, aunque yo lo niego argumentando que jamás ejerció, bueno, una vez , pero sólo a propósito de lo primero. Defender en los tribunales la instalación de la radio en Santiago. Poseedor de un exquisito sentido del humor (de biblioteca), el Director de Radio Bío-Bío y entrevistador en CNN Chile se resigna a invitarme un café en su oficina.

Digo se resigna porque llegué sin invitación. Apenas un correo electrónico amenazándolo, pocas horas antes, que iría a preguntarle algunas cosas. Y así fue pues...

¿Vender La Nación o darle un estatus similar a TVN?.

“TVN ya era un actor relevante cuando se abrió el mercado televisivo. La Nación no posee esa ventaja y las circunstancias cambiaron”.

¿Pero qué opinas de la discusión que se generó?.

“Que es anacrónica”.

A ver, ¿pero no te parece que La Nación podría replicar lo que tu padre, tus hermanos y tu lograron con la radio?.

“Lo que logramos en Bío-Bío responde a una época distinta. Si hubiésemos esperado, hoy veo muy difícil obtener los mismos resultados que nos propusimos hace años atrás. Fue un asunto de oportunidad”.

¿Porqué?.

“Cuando nos expandimos, la radio tenía una ventaja: la portabilidad. Hoy no. Las radios enfrentan un nuevo desafío. La transmisión digital cambió el escenario y ahora la televisión también se beneficia de la tecnología portátil. Esa competencia no existía cuando decidimos expandir Bío-Bío y creo que el futuro de los diarios de papel será muy similar”.

Pucha, a esa altura yo estaba más que desorientado. Yo quería enfrentar a los privados con el Estado, alimentar aquellos discursos que tanto le gustan a algunos. Nada de eso. Me enfrenté al argumento de un experto que se resiste a mirar lo pequeño. ¿Qué hacía insistiendo con aristas políticas cuando de un plumazo Mosciatti dejó fuera de la discusión la cosa ideológica?. Entendí de la peor forma que era absurdo seguir con el tema. ¿Y ahora qué?. ¿Si da lo mismo lo que ocurra con La Nación (lo digo yo, no Tomás) cuál es el desafío?.

“Cada día trabajamos para ofrecer a los auditores un servicio informativo confiable, riguroso, exigente. Comenzamos por nosotros mismos. La credibilidad se gana día a día”.

Me mató y cuándo creí que Tomás me daría un respiro... las pailas, el despiadado abogado remató con una frase que selló sin más mi derrota: “Mi padre nos decía que no le temiéramos a perder la radio. Peor es perder la independencia, el respeto por el auditor y la razón por la cual estamos en esto”.

Distinguí entonces que mi misión en este asunto, si pretendía quedar medianamente bien parado ante ustedes, era otro. Ya no sería culpar a la Concertación por destruir La Nación al transformarla en panfleto. No, si hay que culparlos por algo, ese algo sería sin duda el que no aprovecharan la oportunidad. En su momento. A tiempo. Tampoco sería rebatir la carga ideológica con que justifican hoy la venta del diario. No señor, si hay que contradecirle algo a la UDI es su apetito, su necesidad de desquite. Esa visión cortoplacista y cuñera con que suelen deslumbrarnos algunos dirigentes.

Si hubiese sabido que Tomás Mosciatti me dejaría en ridículo, ni tonto, ahora estarían leyendo un detallado análisis sobre el combate que Carolina Tohá y Pepe Auth protagonizarán por la presidencia del PPD. O quizás cómo Kast pretende armarse para ver si esta vez le resulta destronar a Coloma y sus boys de la dirección de la UDI. De hecho, antes de escribir este artículo, sometí el tema al arbitrio de mis contertulios en Twitter. Unánime fue que escribiera sobre La Nación.

Nobleza obliga y por decepcionante que les resulte, sería una rotería mayúscula cambiar de tema y continuar relatándoles el resto de la conversación que tuve con él. Así que dejemos el asunto hasta aquí, después de todo y asumiendo mi torpeza, que hagan con La Nación lo que se les antoje.

Por mi parte, intentaré no temerle a perder.

RSS